El Quijote

Gran parte de mi vida me he pasado tran­si­tando un con­flicto interno: mi cabeza en una esquina del ring, mi corazón en la otra. Las mejores deci­siones que he tomado han sido siem­pre impul­si­vas, intu­iti­vas. Pero la cabeza, tarde o tem­prano, ha querido siem­pre retomar el con­trol. Ahí es cuando todo deja de fluir. Ese tira y afloje puede ser, real­mente, algo desgastante.

Desapren­der la man­era en que uno mismo se ha ido con­struyendo para vol­verse a armar puede no ser fácil, pero si uno se niega arriesga perder mucho más de lo que cree. Entre las tram­pas que puede jugar la cabeza está la de hac­er­nos creer que cam­biar es dejar de ser uno mismo. No es otra cosa que el temor a cam­i­nar más allá de lo cono­cido, de aquel lugar donde habita la ilusión de tener el con­trol. A veces, incluso, las malas lenguas dicen que hasta es liso y llano miedo a la feli­ci­dad. Este año entre­visté a un flaco que estuvo preso muchos años. En prisión, des­cubrió la filosofía, la lit­er­atura, el arte en gen­eral y una vez afuera se con­vir­tió en artista y tal­lerista, además de for­mar parte de otros var­ios emprendimien­tos. El flaco me con­taba cómo fue que entendió que “una cosa es estar preso y otra ser preso”. A veces, uno está preso de uno mismo y comete el error de pen­sar que es eso.

Cuando alguien me ofrece for­mar parte o me cuenta de un proyecto, usual­mente es como si se abri­era un mapa. Veo las líneas, los caminos, se me ocur­ren nuevas ideas. Cuando el proyecto es mío, es como estar ciego y lo único que puedo hacer es avan­zar hacia delante. Puede ser deses­per­ante si querés sen­tarte y en un par de horas armar una car­peta para bus­car finan­ciamiento. No es muy oper­a­tivo, que dig­amos. Pero es sano.

Este año me involu­cré en dos proyec­tos doc­u­men­tales de temáti­cas bas­tante pesadas, que impli­can vin­cu­larse con lo peor de lo cual el ser humano es capaz. Temas que me intere­san, que me apa­sio­nan, his­to­rias que creo vale la pena con­tar. El ter­cer proyecto doc­u­men­tal en apare­cer fue per­sonal, y otra vez, como con Fab­ri­cantes de Mun­dos, me llevó a un soñador. Cenando hace un par de noches, mi vieja me decía “tiene algo de qui­jotesco y es que sos vos, el que eras de chiq­uito y de alguna man­era siem­pre fuiste”.

 

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