Filmar para contar. Contar para caminar

Juan Sasiaín
Hace muchos años ya, corrí una car­rera de 7 km en Mar del Plata. Nunca había cor­rido una car­rera de ese tipo y por eso salí tratando de ganar en veloci­dad al 100% de mis posi­bil­i­dades. Resul­tado lógico: a las pocas cuadras tuve que empezar a reg­u­lar, me faltaba el aire, los demás par­tic­i­pantes me pasa­ban por arriba y para la mitad del recor­rido me dolía todo. Fue cuando un hom­bre que cal­culo me lle­varía al menos un par de décadas se puso al lado mío, me ofre­ció su botella de agua y me dio áni­mos, “¡Vamos, pibe! ¡Que hay que lle­gar!”. Hacer un doc­u­men­tal es un poco así.

Empecé mi primer largome­traje “Fab­ri­cantes de mun­dos”, a finales de 2010 y lo que pensé iba a ser un tra­bajo de seis meses se trans­formó en dos años. Filmé en Sal­adillo y pueb­los cer­canos como Del Car­ril, Roque Pérez, 25 de Mayo, Lobos. Mucha gente me dejó entrar en sus vidas, un loco con una cámara (porque, con­veng­amos, fil­mar la vida de las per­sonas es de lo más anti­nat­ural que hay). Fui y vine ya no sé cuán­tas veces. En micro, en auto prestado, alqui­lando equipos, usando lo que tenía a mano. Me pre­senté al Insti­tuto de Cine por finan­ciamiento. No salió. Ter­mi­nando de edi­tar la película se me quemó la com­puta­dora. Seguí. Estrené, proyecté, recibí aplau­sos, abra­zos, pal­abras her­mosas, tuve salas llenas y tam­bién salas vacías. Fue pri­mav­era, ver­ano, otoño, invierno y pri­mav­era otra vez. Dos veces, tres veces. cua­tro veces en total.

La his­to­ria a con­tar me llevó a tran­si­tar ese camino y el camino me cam­bió. El día que el doc­u­men­tal final­mente vio la luz, me di cuenta que por eso hago lo que hago y elijo lo que elijo. Para cam­i­nar. Ahora, acom­paño a Juan Sasi­aín a veces junto a él, otras a la dis­tan­cia, en los que dimos a lla­mar “Los via­jes del mago”, donde el teatro otra vez nos lleva a los caminos y donde lo que al final del día cuenta es el viaje y el encuen­tro. Porque, cuando miramos hacia atrás, nue­stros recuer­dos están hechos de eso, de lo que hici­mos, de donde estu­vi­mos, de las pal­abras que diji­mos, de la gente que conoci­mos, de cómo los cam­bi­amos y como ellos nos trans­for­maron a nosotros, porque nada per­manece estático en la vida y por momen­tos toda la magia del mundo puede resumirse en una frase: “Había una vez”

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