12º Bafici, lo que nos quedó: Rompecabezas I

Sen­tarse a des­cubrir medi­ante la con­tem­plación el paisaje. No moverse, aunque sea imposi­ble. Retener los ojos en una sola direc­ción. Aun más que imposi­ble. El cine esta en todas partes, nos dice Sall­mann, aunque tam­bién agrega que el mundo engaña a los cineas­tas. ¿Donde es posi­ble mirar sin ser engañado?

Todo esto es una men­tira –forma parte de esa gran mentira-, porque es jus­ta­mente aquí en donde comienza esta fic­ción, que tiene forma de texto pero peca de des­or­de­nado. La total­i­dad, lam­en­ta­ble­mente, no está en este momento en nues­tras manos.

Sin más preám­bu­los vayamos directo al cine. Pero, ¿por donde empezar? El prin­ci­pio (mi prin­ci­pio), My extreme pri­vate eros: lovesong, puede resul­tar un poco sór­dido para una pre­sentación. Por eso, que mejor que abue­las que eli­gen dedi­carse a la pros­ti­tu­ción para romper el hielo.

De sexo y de muerte: pequeñas con­tem­pla­ciones con tra­zos de violencia

Sil­ver girls o Fraun­z­im­mer (Saara Aila Waas­ner, 2010), retrata la vida de tres mujeres de entre cin­cuenta y sesenta años de edad que se ded­i­can a la pros­ti­tu­ción. Este doc­u­men­tal ahonda en la vida cotid­i­ana de estas mujeres, y en los motivos que las han lle­vado a ele­gir esa pro­fe­sión, mar­cando jus­ta­mente, la pro­fe­sion­al­i­dad del hecho. Nada de his­to­rias tur­bias, o de elec­ciones forzadas, ellas eligieron ese camino porque así les ha pare­cido mejor vivir sus vidas.

El sexo no se mues­tra, sino que se vuelvo un ele­mento más de la banda sonora. Las escuchamos con­ver­sar tar­i­fas con sus clientes por telé­fono, las escuchamos tener sexo, pero nunca las vemos prac­ti­carlo. Se insinúa todo el tiempo en las fotos, los lla­ma­dos, los momen­tos de preparación pre­vio a la lle­gada de un cliente, pero siem­pre man­te­niendo el foco en el devenir pro­fe­sional de estas mujeres.

Aquí nadie juzga. Ellas deve­lan su que­hacer frente a sus hijos con toda nat­u­ral­i­dad, es lo que hacen, y la cineasta refleja esa misma nat­u­ral­i­dad y fres­cura con que ellas se desenvuelven.

Cal­i­fi­cado tam­bién bajo el amplio nom­bre de noches espe­ciales encon­tramos otro doc­u­men­tal que poco cuenta sobre sexo, pero ahonda en aquel otro reg­istro de lo real: la muerte.

(Seguir/ir a: Chuchillo de palo)

Frag­men­tos rev­e­la­dos (David Blaustein, 2009) traslada al pre­sente al cineasta y mil­i­tante per­o­nista Quique Juárez, desa­pare­cido en diciem­bre de 1976. El doc­u­men­tal no se car­ac­ter­iza por estruc­turar el relato de man­era inno­vadora, sino que elige el for­mato de la entre­vista frontal, sumado a algunos momen­tos famil­iares para con­tar esta his­to­ria. Los entre­vis­ta­dos, cineas­tas, actores, famil­iares y mil­i­tantes, nos dan a cono­cer dis­tin­tas fac­etas de Juárez, aunque el acento está puesto en su rol como mil­i­tante. De cualquier man­era, exis­ten cier­tos momen­tos que pre­sen­tan detalles en los tes­ti­mo­nios que otor­gan al doc­u­men­tal cierto atrac­tivo. Algunos actores, como Mario Pasik, comen­tan los acon­tec­imien­tos sufri­dos durante la grabación de un corto. Su relato se aleja de todo dis­curso mil­i­tante, comen­tando detalles y exponiendo la incer­tidum­bre ante aque­llo que esta­ban real­izando, teniendo en cuenta tam­bién el con­texto hos­til en el que llev­a­ban a cabo sus activi­dades. Es en esos momen­tos, donde algo de lo vul­ner­a­ble de estos seres en aque­l­los tiem­pos (de vio­len­cia) queda expuesto, donde el doc­u­men­tal adquiere cier­tos mat­ices que escapan a la estruc­tura rígida que lo venía definiendo.

Otros momen­tos para el recuerdo, son la exposi­ción de los frag­men­tos de cin­tas recu­per­a­dos de la casa famil­iar. Uno de ellos, el primero que se mues­tra, es un corto lla­mado “La descono­cida”. Allí se mues­tra a una mujer que es lev­an­tada de un camino por unos hom­bres que cir­cu­lan en car­reta. Ale­jado de todo dis­curso político, vemos el ros­tro de esta mujer aca­parar toda nues­tra aten­ción en un gesto de belleza y desam­paro. Ape­nas un punto de fuga.

Pero final­mente es la voz de Pino Solanas la que resalta con suma poten­cia, en un movimiento auto-reflexivo y exten­sivo a sus com­pañeros cineas­tas, cuando con­cluye su dis­curso diciendo: “estábamos pasa­dos de revoluciones”

Y si seguimos por este camino revuelto de rev­olu­ciones, nos encon­tramos con otro “movimiento rev­olu­cionario” que estaba ocur­riendo de la mano de nuevos cineas­tas japone­ses allá por la década del setenta. Al respecto Kazuo Hara comentó, en la con­fer­en­cia de prensa ofre­cida durante el Bafici, que mucho de lo que ellos hacían tenía que ver con romper con lo que se venía dando. Arreme­ter con­tra la tradi­ción cin­e­matográ­fica de la man­era más vio­lenta, más rev­olu­cionaria. Por eso, en este film, My extreme Pri­vate Eros: lovesong, la vio­len­cia de la vida irrumpe de la man­era mas bru­tal, mostrán­donos un parto de una mujer que decide ten­erlo por ella misma. Y si bien el direc­tor fue crit­i­cado por no inter­venir, él mismo explicó que la mujer del film le pidió que no inter­viniera a menos que el bebé estu­viera en peligro.

Este film tam­bién da cuenta de todo un cam­bio gen­era­cional que estaba teniendo lugar en Japón. La pro­tag­o­nista se sep­ara de su primera pareja y se muda con su pequeño hijo a otra ciu­dad. Allí vuelve a quedar embarazada de un hom­bre negro con el cual no está casada, ni en pareja. Luego del parto, y al ver a su niña mulata, tiene lugar una breve dis­cusión que con­densa algunos de los giros que esta nueva gen­eración trae. La pro­tag­o­nista con­versa con su madre acerca de su nueva niña, y la madre (abuela de la niña) se encuen­tra pre­ocu­pada por el mes­ti­zaje de la niña.

El cuerpo aparece de man­era vio­lenta. Irrumpe la ima­gen, la llena y se expone. El quiebre se duplica en cada instante, con­vir­tiendo el periplo de esta mujer en pura expe­ri­en­cia. Ya no es solo un acon­tec­imiento junto al otro en la vida de la pro­tag­o­nista recor­ta­dos a modo de diario per­sonal, acom­paña­dos de una voz en off que nos guía en este camino. Es pura expe­ri­en­cia y es la mostración de esa expe­ri­en­cia, la de vivir y la de vivir filmando.

Y tam­bién allí en ese extremo (del con­ti­nente, de la ima­gen, del recuadro, del tiempo,…) se encuen­tran las imá­genes de Sun spots (Yang Heng, 2009), con una inso­portable pre­sentación de un tiempo que no avanza y que nos coloca en el lugar de la con­tem­plación absoluta.

Una pareja, la apari­ción de un ter­cero y un tras­fondo de gáng­sters. Más de amor, más de violencia.

(Por un lado) Las acciones se expo­nen en primer plano, otor­gando a los cuer­pos una con­tun­den­cia rotunda. Un cuerpo total­mente histérico que se encuen­tra allí para ser deseado, pero que resulta imposi­ble de ser tomado.

En un fondo repleto de nubes, húmedo y gris, que se mantiene con­stante, ellos cir­cu­lan de un lugar al otro. No se hablan, sus gestos dan clara cuenta de sus respuestas.

Por otro lado, la acción sucede allí donde no es vedado ver. La película mantiene una tem­po­ral­i­dad con­stante y coher­ente con su planteo. Si algo avanza, es porque el tiempo pasa, y nosotros somos tes­ti­gos de ese paso.

Entonces ¿qué es lo que se nos mues­tra?

El hastío de un estar histérico, casi sin rumbo, que va allí donde es lle­vado. La muerte se esconde tras el muro que no nos deja ver más allá. La vio­len­cia ataca de man­era silen­ciosa y con­tun­dente, sin dejar tes­ti­gos más que a nosotros, sumergi­dos en una paradoja: tes­ti­gos ater­ra­dos de algo que nos es vedado presenciar.

Una his­to­ria de amor, una de gáng­sters y una gran sospecha.

De la sonori­dad de la voz en un cuarto oscuro

Lo visual per­siste aun en su desvanec­imiento, lo sonoro aparece y se desvanece aun en su per­ma­nen­cia” (Jean-Luc Nancy, 2002:12)

Las car­tas se leen en voz alta, porque leer es una activi­dad, no un acto pasivo (nos decía Sall­man antes de comen­zar a leer las ano­ta­ciones de su nuevo proyecto). Por eso en Let­ters not about love (Bern­hard Sall­man, 2006), elige dar cuenta de esa plu­ral­i­dad de voces que en ese acto de leer otor­gan vida a lo que leen, le dan vol­u­men, lo despar­ra­man en el tiempo. La ima­gen com­pone desde la sonori­dad de las voces. Se corta, se mues­tra en partes sobre un fondo negro. No esta allí para aca­parar nues­tra aten­ción, que final­mente se diluye en las voces, todas ellas particulares.

Y que en un mismo arrebato tam­bién uti­liza para bañar la nat­u­raleza en The free­dom of the trees (2003). La con­tem­plación se inter­cala con esta audi­ción aguda de una inmor­tal­i­dad a punto de desmoronarse. El devenir de la nat­u­raleza, cor­roído, mod­i­fi­cado por el hom­bre, en la explosión de un ideal román­tico que baña toda la ima­gen y resuena en los oídos a través de la lec­tura (nue­va­mente) de un poema. Su voz (la de Sall­mann), la voz del actor que lee el poema; la his­to­ria de aquél jardín donde se desar­rolla el doc­u­men­tal (el par­que del príncipe Puckler-Muskau, dis­eñado por el mismo entre 1815 y 1845) y el lirismo que pinta suave­mente la ima­gen. Con­struyendo un todo en dis­tin­tos reg­istros que van desde lo poético ( en su mayor parte) a lo infor­ma­tivo, con un toque de pequeños mat­ices y, a la vez, sumo ascetismo en la voz del director.

Pero allí donde la cámara se detiene en una ima­gen para cap­tar su esen­cia, nosotros elegi­mos virar este recor­rido para aden­trarnos en otro doc­u­men­tal, esta vez argentino, que tam­bién deja escuchar algu­nas voces que inun­dan lugares reple­tos de his­to­ria, aunque ahora sum­i­dos en el silen­cio del abandono.

Cen­tro (Sebastián Martínez, 2010), nos sumerge en el corazón del cen­tro porteño: Lavalle y florida. Haciendo hin­capié en una amplia descrip­ción del paisaje, que oscila entre un recor­rido algo sór­dido que revisita lugares aban­don­a­dos (los Harrod’s) y otro que deja escuchar aque­l­las voces propias del paisaje.

La par­tic­u­lar­i­dad se posa sobre la his­to­ria de un pelu­quero de la calle Cor­ri­entes, que cuenta en su haber con varias fotos con recono­ci­das fig­uras de la ópera y que gusta de escucharla en su local acu­ci­ado por la nos­tal­gia de aquel tiempo que dela­tan los espe­jos raí­dos, los afiches y fotos sobre las pare­des. El tiempo no per­dona, pero por lo menos nos deja atrav­es­arlo con el recuerdo.

La noche en aquel cen­tro despoblado, que con­trasta con el movimiento infer­nal de los cuer­pos de las mañanas. Un recor­rido que vuelve a trazarse una y otra vez en la búsqueda de una total­i­dad por demás inapren­si­ble, que por momen­tos dis­persa el relato en una gen­er­al­i­dad que peca de extensa, res­guardando el trazo de los sub­je­tivo bajo la forma de la neu­tral­i­dad aparente.

¿Qué provo­can esas imá­genes? ¿Dónde se res­guarda esa sen­sación? ¿Dónde se mues­tra y dónde queda elidida?

¿Otro título?

“…cer­rar luego los ojos, apre­tar el pro­pio corazón y como un hijo, como un hijo naciendo, sen­tir el olor dul­cemente podrido del mar” (C. Lispec­tor, 2005:49)

Así empez­aba el doc­u­men­tal de la paraguaya Renate Costa, con una pre­gunta: ¿por qué el plac­ard de mi tío estaba vacío? Un inter­ro­gante que plantea, al modo de un thriller, un enigma que dará ini­cio a una búsqueda por el deve­lamiento de iden­ti­dades abyec­tas bajo el manto de una sociedad conservadora.

Cuchillo de palo (Renate Costa, 2010), parte de aque­llo que se esconde tras la figura del tío de Renate, aque­llo a lo que ella nunca tuvo acceso por recatos y estrecheces famil­iares. ¿Quién era en real­i­dad mi tío? Una pre­gunta tras otra inunda este relato, que pone en primer plano el pro­ceso de búsqueda tras aquel interrogante.

Su tío vivía muy cerca, sin embargo ella tenía pro­hibido entrar allí. Nadie entraba a su casa. Él, una per­sona de día y otra de noche, era ase­di­ado por un rég­i­men social y dic­ta­to­r­ial (Stroess­ner, 1954–1989) por ser homosexual.

Renate cuenta esta his­to­ria. Su voz nos guía en los des­cubrim­ien­tos que ella va real­izando sobre su tío, a través de dis­tin­tas encuen­tros con per­sonas de su entorno, tanto famil­iares como ami­gos. Sus dos vidas, sus dos nom­bres, aque­llo que ni siquiera su hermano-padre de Renate-sabe. Solo por no entrar en “la norma”.

La his­to­ria de los acon­tec­imien­tos ocur­ri­dos durante la dic­tadura de Stroess­ner, los arrestos injus­tos, los cuer­pos man­cha­dos por crímenes no cometi­dos, el insulto en la punta de la lengua que marca las pare­des con un gran 108, número del señalamiento y la ofensa.

En esta his­to­ria mechada por la búsqueda per­sonal, por una necesi­dad moti­vada por una gran incóg­nita, se ven refle­ja­dos los resabios de la dic­tadura de Stroess­ner, los miedos per­sis­tentes de una sociedad que aun le cuesta aceptar.

Des­cub­ri­mos junto a Renate a su tío, lo dejamos ir junto a ella en el final de este relato, donde los inter­ro­gantes per­sis­ten (¿Cómo murió?) aunque desde un lugar más repleto, menos angus­tiante. Des­cansa allí, donde él eligió estar, en esa esquina, cerca de su madre, de su familia, en su Paraguay repleto de contradicciones.

Y para com­ple­tar esta primera parte, retomamos aque­l­las pal­abras de Clarice.

El mar, sobre un mar­gen habitado con­for­mando una suerte de ciu­dad per­dida u olvi­dada. Una his­to­ria de amor, una de mar­gin­a­dos, otra de mar­gin­a­dos que se aman, y así…, siem­pre bor­de­ando el límite de la oscuri­dad, en un poema que vuelve bello incluso lo más insoportable.

La bocca del Lupo (Pietro Mar­cello, 2009) se pre­senta como un Film de suma belleza donde la huel­las del pasado vibran a través de la imá­genes pre­sentes y de archivo, en un com­plejo manejo tem­po­ral que lo dispone en suce­si­vas capas hacia la con­struc­ción de un dis­pos­i­tivo pura­mente sensitivo.

Aque­llo que el tiempo arrasa se mantiene en el mar­gen hiri­ente del espa­cio per­dido que ya nadie más mira.

El amor en cas­settes, entre rejas, entre hom­bres, entre un hom­bre y un tran­sex­ual, entre seres que se aman. Ellos cuen­tan como se conocieron, allí en la cár­cel. El quedó, ella graba su voz en cas­settes para que él la tenga cerca. La voz atrav­es­ada por el tiempo mantiene el tono firme de aque­llo que lo empuja. El recuerdo se hace pre­sente en cada instante. La ima­gen azu­lada tiñe la emo­ción de una tris­teza incur­able. Nos­tal­gia de quienes resisten.

El pasado de una ciu­dad flo­re­ciente, una memo­ria que se cuenta desde el lugar de los exclu­i­dos. Los resabios de un pre­sente que arras­tra hacia el mar a quienes han quedado afuera en el tran­scurso de la His­to­ria. Como si ellos fueran parte de esas huel­las, ale­ja­dos de las estruc­turas, quedan solo mar­cas que la marea va bor­rando. Esta es su resistencia.

De nuevo la voz, el límite, la norma, el cuerpo y el recuerdo.

Ir a 12º Bafici, lo que nos quedó: Rompecabezas 2

Para con­tac­tar a Agostina Dol­cemás­colo, click­ear aquí

Print This Post Print This Post

Dejar un comentario

 

 

 

Se pueden usar tags de HTML

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

*

Archivos