Retrato humano de un joven director. Primera parte

Entre­vista a Andrés Cuervo, direc­tor de “El retrato poster­gado”, doc­u­men­tal sobre Haroldo Conti

Hace veinte años, Andrés Cuervo todavía vivía en Lin­coln, provin­cia de Buenos Aires, “una vida bas­tante tran­quila”. Sin embargo, ya a esa edad no sólo sabía que quería hacer cine, sino que un mon­tón de mate­r­ial lo esper­aba en un ropero de su casa esperando que se lo apropi­ara. Esperando desde hacía años, estaba el esbozo de doc­u­men­tal sobre Haroldo Conti que Roberto Cuervo había dejado incon­cluso por dos muertes: la de Conti, primero — desa­pare­cido por la dic­tadura mil­i­tar -, y la propia más tarde en un accidente.

El mucha­cho de Lin­coln iba a venir a Buenos Aires a estu­diar cine, aunque primero quiso pasar por Letras. Hace diez años, el archivo del padre de Andrés todavía aguard­aba. Pero, ¿cómo se con­cluye el doc­u­men­tal ini­ci­ado por otro, y más aún cuando ese otro es tu viejo?

Andrés Cuervo sabía desde sus años de purrete que iba a ter­mi­nar la película que su padre había empezado. Lo que no sabía era cómo iba a hac­erlo: “Yo me encon­tré parado en una encru­ci­jada de tres caminos y dije ‘¿Qué hago?’: un doc­u­men­tal sobre Haroldo Conti, que es lo que quería hacer mi viejo, pero exclu­si­va­mente sobre Haroldo Conti; la película que quería hacer mi viejo sobre Haroldo Conti; o mi película, con­tando la película de mi viejo y sobre eso la película de Haroldo Conti. Yo elijo esto último”. Por eso, quizás, “El retrato poster­gado”, el resul­tado de todos esos años de espera y luego de tra­bajo, es un entrete­jido de tex­turas y de tiem­pos. Es un doc­u­men­tal tanto sobre Conti como sobre Roberto Cuervo y su hijo Andrés, por el que tran­si­tan voces del pasado que hablan en pre­sente. La idea de vida (con todas sus con­tradic­ciones y car­gas inclu­idas), no la melan­colía de cosas pasadas, es el prin­ci­pio rector.

Fil­mar un doc­u­men­tal no es traer la real­i­dad a la pan­talla, sino tomarla para con­tar un relato. El mayor ele­mento humano de un doc­u­men­tal está, quizás, en su pro­ceso de real­ización, que puede ser tanto una fiesta como una instan­cia muy soli­taria. A difer­en­cia de una fic­ción, donde hay un guión rel­a­ti­va­mente rígido que se sigue, en un doc­u­men­tal el camino lo van mar­cando tanto las inten­ciones, como los pro­pios hechos y la man­era de inter­pre­tar­los. La adren­a­lina de fil­mar en estas condi­ciones y de lle­gar al final pasa, muchas veces, ape­nas por tener una brújula interna que apunta deses­per­ada­mente a un norte que ape­nas se vis­lum­bra, y en oca­siones ni siquiera eso. Y luego, como dice Cuervo, “con el final de una película tienen que venir, oblig­ada­mente, las ganas de hacer otra…”

 

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