Retrato humano de un joven director. Última parte

Entre­vista a Andrés Cuervo, direc­tor de “El retrato poster­gado”, doc­u­men­tal sobre Haroldo Conti

Por una de esas cosas del des­tino, Haroldo Conti se despedía de su pro­tag­o­nista en el pról­ogo de “Mas­caró” con un “Yo sé que volverás, com­padre. Por eso te digo hasta siem­pre”. Conti, que por aquel entonces era miem­bro del PRT-ERP, era vig­i­lado por la Dipba (Direc­ción de Inteligen­cia de la Policía de la provin­cia de Buenos Aires), que había lle­gado a la con­clusión de que su última nov­ela era propa­gadora de “ide­ologías, doc­tri­nas o sis­temas políti­cos, económi­cos o sociales marx­is­tas ten­di­entes a derogar los prin­ci­p­ios sus­ten­ta­dos en nues­tra Con­sti­tu­ción Nacional”.

Para la misma época, Roberto Cuervo había ini­ci­ado su tra­bajo sobre Conti apun­tando a realizar una ver­sión fílmica de uno de sus cuen­tos, pero al poco tiempo había cam­bi­ado de opinión. El pro­tag­o­nista de la película iba a ser el pro­pio Haroldo, y la fic­ción había tro­cado a doc­u­men­tal: “Retrato humano de un escritor”. Mien­tras hacía algu­nas entre­vis­tas a per­son­al­i­dades como Martha Lynch o Eduardo Galeano, además de al mismo Conti, Cuervo iba sigu­iendo al autor en sus gestos más pequeños, en su cotidianidad.

Con­sid­er­ado un riesgo para la seguri­dad nacional, una ame­naza sub­ver­siva y otros etcs., Haroldo Conti se con­vertía en desa­pare­cido en 1976, impi­di­endo su reen­cuen­tro con Mas­caró. Roberto Cuervo, por su parte, pese a lo peli­groso que ahora sig­nifi­caba tener el mate­r­ial que él tenía en sus manos (el último reg­istro oral de Conti, de sus opin­iones artís­ti­cas y políti­cas), optó por con­ser­varlo y ocul­tarlo, con­sciente de su valor histórico. Poco antes de fal­l­e­cer, y como si fuera una apuesta hacia el futuro, le pidió a su com­pañera, Cristina Pan­nun­zio, que instruy­era ya de pequeño a su hijo Andrés, por entonces ape­nas un bebé, en la fotografía.

El último en ver con vida a Haroldo Conti fue el sac­er­dote Leonardo Caste­lani, quien había sido docente del escritor en sus épocas de sem­i­nar­ista — Caste­lani fue por décadas uno de los voceros apa­sion­a­dos del nacional­ismo católico — y que había pedido de man­era espe­cial a la dic­tadura que le per­mi­tieran verlo.

A más de 30 años de la desapari­ción de Conti y de la muerte de Roberto Cuervo, un bote de remero invis­i­ble atraviesa un río de libros abier­tos por los pasil­los de un monas­te­rio en “El retrato postergado”.

- ¿Se te metió en la cabeza que tenía que estar vivo Haroldo?

Claro. Tenía que ser un Haroldo vivo, el que yo mostrara todo el tiempo. Porque él es el que entre­vista mi viejo. “El retrato humano” de Haroldo Conti era que Haroldo amaba la vida más que Haroldo era un escritor que bla, bla, bla. (…) El pre­sente hablando del pasado no me gustaba, me hacía ruido. Era matar a mi viejo, matar a Haroldo, matar un poco todo. Por eso, Haroldo vivo y que Haroldo atro­pelle todo el tiempo en la película, esa era la idea. Y que sea en el tiempo de Haroldo, por eso a veces me parece que está lenta, tam­bién. Esto de el ritmo de Haroldo, “el ritmo del río”, dice Galeano, hablando siem­pre de sí mismo.

- Me gusta esa frase de Haroldo, con la que empieza la película, donde dice que “la vida es como un bor­rador”, que además en su caso no le gusta tanto…

Él es un tipo muy melancólico, y él se describe así. Se nota en otras frases que no han entrado en el docu, él dice que es el sus­pi­rante, que se la pasa suspirando.

- Igual, aunque esas frases no estén, el espíritu está… tam­bién algo así como de reproche, o este costado mís­tico, que dice Galeano.

Más mís­tico, me parece. Como un desin­terés, como un despo­jarse, como un tipo que tran­sita. Eso me gusta, que me parece que se ve en la peli — que por momen­tos se ve y por momen­tos no sé -, que tran­scurre, que va todo el tiempo moviéndose…

- Como el río…

Como el río, como Haroldo, más que nada. Él dice “yo recomiendo que te pongás los zap­atos y te mandés al camino”, “cuando no sabés si esto o aque­llo, andá, mirá la tierra y fijate qué te dice el campo”. Eso, que es el cam­i­nante, el vagabundo que tanto admiraba Haroldo en su cuento “El Último” — que todos sus per­son­ajes son medio vagabun­dos, no tienen nada que los ate a la vida -.

(elip­sis)

Yo me encon­tré parado en una encru­ci­jada y dije “¿Qué hago?”: un doc­u­men­tal sobre Haroldo Conti — que es la película que quería hacer mi viejo -, pero exclu­si­va­mente sobre Haroldo Conti, o mi película con­tando la película de mi viejo sobre la película de Haroldo Conti. Yo elijo esto último. Me costó mucho ese pro­ceso, porque creo que debe tener que ver con cre­cer… Ocu­par el lugar de tu viejo, fue muy fuerte para mi, insom­nio, úlcera, locura… And­aba con una cosa acá (señala la boca del estó­mago con el puño cer­rado), y de no poder dormir, pero de enroscado, de tener que resolver, de car­gar esta mochila y no saber cómo… Desde los seis años que yo tengo noción, más o menos, que hay una película en el ropero de mi casa que alguien tiene que terminar.

- ¿Cuál sería tu utopía?

En la peli, que quede un Haroldo vivo. […] Que se difunda la ima­gen de Haroldo, con­tado por él. Me parece que es muy intere­sante el Haroldo que se des­cubre, que hay un mon­tón de Harol­dos: el reli­gioso, el mil­i­tante, el tipo al que no le importa nada, el melancólico, el que se lanza al camino. […] En mi docu, me parece que Haroldo se despacha como nadie, se mues­tra de una forma indis­cutible, porque él está diciendo “yo soy esto”.

(elip­sis y coda)

Él (Conti) dice “La lib­er­tad no existe en abstracto. La lib­er­tad, a veces, hay que sacr­fi­carla, la de uno, a veces la de los otros, por un bien social mayor”. No es poco lo que dice.

Para con­tac­tar a Diego Braude, click­ear aquí

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