
Entrevista a Ulises de la Orden, director del documental “Tierra adentro”
El que pronuncia las palabras es un personaje enjuto, de bigote filtro de sopa y cabello engominado y peinado bien tirante para atrás. Mantiene la mirada fija, como le enseñaron que alguien de su rango debe hacer. El lugar es Neuquén y el año 1979; se festejan los cien años de “La Gesta” que dio nacimiento a la Argentina moderna. Jorge Rafael Videla dice, identificándose con Julio Argentino Roca — quien encabezara La Conquista del Desierto -: “En el ayer, luchamos unidos por las grandes causas de la nacionalidad. En el presente lo hacemos, además, por ideales que trascienden nuestras fronteras y se identifican plenamente con los valores inmanentes de nuestra civilización. Luchamos incluso a despecho de las incomprensiones y aun de las calumnias”. La continuidad de las ideas entre 1879 y 1979 muy probablemente no fuera una coincidencia.
En 1876, Adolfo Alsina había impulsado expandir las fronteras de lo que eventualmente sería la República Argentina, dejando como resultado visible lo que fue conocido como la Zanja de Alsina. De un lado, habitaba la civilización, del otro el salvaje. Pueblos como Puán, Guaminí o Carhué nacieron de esa campaña, donde los caciques Namuncurá o Pincén, entre otros, lucharon como pudieron para impedir el avance sobre los que eran sus mejores campos. Pocos años después, Roca –reemplazando a Alsina en el Ministerio de Guerra -, completaría y expandiría a partir de 1879 la obra comenzada en el ’76.
Una campaña previa al avance del Ejército Argentino llevó ropa de muertos por viruela a los campamentos indígenas, junto con considerables cantidades de alcohol. La inclusión de los nuevos rifles Remington convirtieron al nuevo ataque invasor en una fuerza irresistible. Junto con el elemento militar viajaban periodistas, científicos y religiosos; tenían la misión de reportar la herórica aventura unos, de estudiar y catalogar los “descubrimientos” — así como, función primordial, dejar asentada las dimensiones y ubicación de las tierras conseguidas, ya que acto seguido debían ser otorgadas a diversos destinatarios como había sido acordado previo al inicio de la campaña — los otros, y de instaurar la moral cristiana los terceros.
El indio se había mantenido por demasiado tiempo como obstáculo al avance del Progreso, así que aquel que no fuera exterminado debía ser desactivado como potencial peligro. Algunas familias se desperdigaron buscando refugio en lugares que permanecieron inaccesibles por varios años más, lejos de los que hasta ese momento habían sido sus territorios. Otros tuvieron menos suerte en el corto plazo: terminaron siendo exhibidos y luego coleccionados en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, o fueron enviados a los campos de concentración de la isla Martín García o quizás entregados como servicio doméstico a las familias de la elite económica a través de la Sociedad de Beneficencia — tal el destino de cantidades de mujeres y niños — o como mano de obra barata a nuevos emprendimientos en diversos puntos del país. En todos los casos, se les dieron nombres cristianos para reemplazar los originales. Era la conclusión de un giro de 180º sobre los principios que tipos como Castelli, Belgrano, Moreno, Monteagudo o San Martín habían tratado de instalar desde la Revolución de Mayo.
En 2011, Julio Argentino Roca tiene su rostro en los billetes de cien pesos — a su lado la imagen del puerto, símbolo del modelo agroexportador; en el reverso, la referencia a la obra La Conquista del Desierto, de Blanes — y su monumento descansa en la Diagonal Sur, mirando en dirección a Plaza de Mayo.
De Río arriba a Tierra adentro
En “Río arriba” (2004), Ulises de la Orden volvía sobre la huella familiar hacia Iruya, Salta, donde su bisabuelo había sabido llevar adelante un ingenio azucarero. De la Ordenvolvía no para rememorar la historia del éxito económico, sino para mirar el lugar con otros ojos y dar voz a los que eran la parte muda de la historia. El norte, por esas cosas del destino, llevó a de la Orden hacia el sur. El cineasta era asiduo visitante de la peña de Ricardo Vilca en Humahuaca (de hecho, la música de “Río arriba” era del propio Vilca), y fue ahí donde hace unos cinco años conoció a Marcos O’Farrell, quien solía ir a la peña también — como tantos otros músicos del país -.
Una charla llevó a otra y en un viaje compartido, O’Farrell comentó que era descendiente del general Eduardo Racedo, quien había estado al mando de la Tercera División de la campaña que encabezara el por entonces todavía Ministro de Guerra Julio Roca; lo que se dice una herencia pesada. El músico le dejó picando a de la Orden que si algún día se le ocurría hacer algo con esa historia, que contara con él.
Curiosidades o no, de los potenciales proyectos que pasaron desde entonces por la vida del cineasta, el que prosperó fue aquel disparado en lo de Vilca — como una continuación del humahuaqueño, incluso O’Farrell terminó por componer la música del nuevo documental — y con otro viaje hacia los mitos de construcción de la Argentina a través de las raíces familiares, que esta vez tornó en estructura coral:
En Bariloche, Pablo, un chico mapuche, se encuentra heredero de las contradicciones nacidas de la masacre lejana sólo en el tiempo: la escuela le enseña que es argentino; la reconstrucción de la historia de los suyos, que el país que lo alberga quiso exterminarlo (literalmente primero, estigmatizándolo desde entonces).
Del otro lado de la frontera, desde Chile, Alfredo Seguel –quien se autodefine como comunicador y pertenece a la agencia de noticias Mapuexpress– parte hacia Buenos Aires, siguiendo el trayecto del Wall Mapu, el espacio ancestral territorial mapuche que iba de océano a océano. La contraparte argentina de Seguel, Mariano Nagy, realiza desde Buenos Aires su propia investigación. La Pacificación de la Araucanía chilena se encuentra con la Conquista del Desierto.
En Buenos Aires, Marcos O’Farrell inicia literalmente un viaje de reencuentro con su historia familiar, un poco como hiciera el propio De la Orden en “Río arriba”, cuando volvía a las tierras salteñas. Como en aquel viaje iniciático del cineasta, acá el tataranieto del general Racedo recorre el camino para encontrarse con ese pasado con el cual su historia personal y familiar se entrelaza de manera directa.
Para contactar a Diego Braude, clickear aquí
Print This Post


