Retrato humano de un joven director. Última parte

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Por una de esas cosas del des­tino, Haroldo Conti se despedía de su pro­tag­o­nista en el pról­ogo de “Mas­caró” con un “Yo sé que volverás, com­padre. Por eso te digo hasta siem­pre”. Conti, que por aquel entonces era miem­bro del PRT-ERP, era vig­i­lado por la Dipba (Direc­ción de Inteligen­cia de la Policía de la provin­cia de Buenos Aires), que había lle­gado a la con­clusión de que su última nov­ela era propa­gadora de “ide­ologías, doc­tri­nas o sis­temas políti­cos, económi­cos o sociales marx­is­tas ten­di­entes a derogar los prin­ci­p­ios sus­ten­ta­dos en nues­tra Con­sti­tu­ción Nacional”.

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Retrato humano de un joven director. Primera parte

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Hace veinte años, Andrés Cuervo todavía vivía en Lin­coln, provin­cia de Buenos Aires, “una vida bas­tante tran­quila”. Sin embargo, ya a esa edad no sólo sabía que quería hacer cine, sino que un mon­tón de mate­r­ial lo esper­aba en un ropero de su casa esperando que se lo apropi­ara. Esperando desde hacía años, estaba el esbozo de doc­u­men­tal sobre Haroldo Conti que Roberto Cuervo había dejado incon­cluso por dos muertes: la de Conti, primero — desa­pare­cido por la dic­tadura mil­i­tar -, y la propia más tarde en un accidente.

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