Filmar para contar. Contar para caminar

Ahora, acom­paño a Juan Sasi­aín a veces junto a él, otras a la dis­tan­cia, en los que dimos a lla­mar “Los via­jes del mago”, donde el teatro otra vez nos lleva a los caminos y donde lo que al final del día cuenta es el viaje y el encuen­tro. Porque, cuando miramos hacia atrás, nue­stros recuer­dos están hechos de eso, de lo que hici­mos, de donde estu­vi­mos, de las pal­abras que diji­mos, de la gente que conoci­mos, de cómo los cam­bi­amos y como ellos nos trans­for­maron a nosotros, porque nada per­manece estático en la vida y por momen­tos toda la magia del mundo puede resumirse en una frase: “Había una vez”

El Quijote

Este año me involu­cré en dos proyec­tos doc­u­men­tales de temáti­cas bas­tante pesadas, que impli­can vin­cu­larse con lo peor de lo cual el ser humano es capaz. Temas que me intere­san, que me apa­sio­nan, his­to­rias que creo vale la pena con­tar. El ter­cer proyecto doc­u­men­tal en apare­cer fue per­sonal, y otra vez, como con Fab­ri­cantes de Mun­dos, me llevó a un soñador. Cenando hace un par de noches, mi vieja me decía “tiene algo de qui­jotesco y es que sos vos, el que eras de chiq­uito y de alguna man­era siem­pre fuiste”.

La brújula dice por ahí

La brújula dice que es por ahí, pero no dice nada más. Es lo que me pasa cuando empiezo un nuevo proyecto pro­pio. Primero aparece la necesi­dad, que es como la necesi­dad de comer o dormir. La difer­en­cia es que es una necesi­dad sin nom­bre, que tiene que ver con el hacer. Es como nave­gar en medio de una niebla espesa, donde de repente la aguja de la brújula se clava en un norte invis­i­ble y no hay otra que ir a explorar.

Los viajes del mago