Una casa llena de recuerdos. 2da Parte

Entre­vista a Susana Mitre, miem­bro del equipo de tra­bajo del ex Cen­tro de Deten­ción, Tor­tura y Exter­minio “Vir­rey Cevallos”

El ex Cen­tro Clan­des­tino de Deten­ción, Tor­tura y Exter­minio Vir­rey Ceval­los tiene una his­to­ria pecu­liar. La casa fue don­ada en 1960 al estado para la creación de un Insti­tuto de Salud, pasó en 1971 a ser propiedad de un mat­ri­mo­nio o dos her­manos de apel­lido Rio, de man­era irreg­u­lar. Si bien lo que se sabe es que fun­cionó bajo la órbita de la Fuerza Aérea durante 1977 (aunque no hay tes­ti­mo­nios, se pre­sume que puede haber estado oper­a­tivo ya en 1976), las inves­ti­ga­ciones sobre la infraestruc­tura del edi­fi­cio mues­tran que hay mod­i­fi­ca­ciones sospe­chosas, como agre­ga­dos de entre­pisos que luego fueron cel­das, o que sirvieron de sitio de vig­i­lan­cia, que ya habrían estado real­izadas a comien­zos de los ’70. En 2004, después de varias vueltas (a par­tir de tes­ti­mo­nios recu­per­a­dos, la agru­pación Veci­nos de San Cristóbal con­tra la Impunidad había comen­zado la movida tiempo antes), la Leg­is­latura porteña final­mente expropió la casa para que even­tual­mente cumpli­era sus actuales funciones.

En sus épocas de espa­cio de deten­ción y tor­tura, el Vir­rey Ceval­los ya estaba enclavado en un área den­sa­mente poblada. La pre­gunta siem­pre es si nadie había escuchado nada, si nadie había visto nada. Así es como, por un lado, se amon­to­nan los tes­ti­mo­nios de veci­nos que se sor­pren­den del dato, cuando no los de aque­l­los que nie­gan rotun­da­mente el hecho. Pero, lenta­mente, tam­bién apare­cen las voces de aque­l­los que se ani­man a hablar, que vieron pero temieron actuar, que escucharon los gri­tos pero se con­vencieron de que “algo habrán hecho”. La pal­abra recon­struye, no sólo la memo­ria, sino tam­bién, de a poco, el tejido social roto.

Como las diver­sas posi­ciones neon­azis, que afir­man que el Holo­causto es una men­tira, están quienes repiten lo mismo con respecto a la picana, al sub­marino, las ratas en la vagina, los vue­los de la muerte o las tum­bas comunes, por sólo nom­brar algu­nas obras del Ter­ror­ismo de Estado. Están incluso quienes sostienen que los Des­pare­ci­dos son otro invento y que los organ­is­mos de Dere­chos Humanos no son otra cosa que una manga de chan­tas, cuando no ter­ror­is­tas. Son más de los que se suele pen­sar, y se los puede encon­trar en todos los estratos sociales. Es una de las razones por la cual los Juicios por la Memo­ria no son algo menor, ni una pér­dida de tiempo, ni el reabrir heri­das innece­sari­a­mente. Más allá de que esas heri­das no esta­ban real­mente cer­radas, la sola exis­ten­cia de los juicios lleva a un debate que implica pro­fun­dizar el entendimiento de lo que sig­nificó ese gob­ierno mil­i­tar y cuáles fueron sus obje­tivos reales. Cuando la jus­ti­cia uruguaya con­sid­era que los crímenes cometi­dos durante su propia dic­tadura son crímenes comunes, per­mi­tiendo de esta man­era que expiren e imp­i­dan cualquier tipo de juicio, lo que se hace es apos­tar al olvido, y la desmemo­ria nunca es buena…

La actual cober­tura por deter­mi­na­dos medios de comu­ni­cación del caso que involu­cra a los her­manos Shok­len­der — esto más allá de la fun­ción que ocupa el escán­dalo den­tro de la coyun­tura elec­toral -, y cómo se busca de esa man­era ensu­ciar a los organ­is­mos de DDHH, apun­tando desde la con­struc­ción del lenguaje a que su fun­ción es cumplir un rol pasivo sin acción conc­reta alguna en la real­i­dad diaria, anque poner en duda su labor en gen­eral, refuerza además lo que muchos, como el equipo del Vir­rey Ceval­los, recono­cen: no alcanza con realizar cada tanto una guiada para quien lo desee, sino que el movimiento es per­ma­nente, desde seguir reg­is­trando tes­ti­mo­nios en el bar­rio, a elab­o­rar estrate­gias pedagóg­i­cas en con­junto con cole­gios de la zona u otros organ­is­mos de Dere­chos Humanos. Para ellos, la memo­ria no es un lugar al que se llega, estanco e inamovi­ble, sino algo dinámico y de lo cual es nece­saria una par­tic­i­pación expan­siva. Hablar y encon­trarse es ir con­tra el miedo que aliena y separa.

Una casa llena de recuer­dos. 1ra Parte

Una casa llena de recuer­dos. 3ra Parte

Peri­odista, cámara, edi­ción: Diego Braude

Cámara: Canon Vixia HF S10

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